Escena II
GABRIELA, JAIME
JAIME.— Ya rabiaba por verte.
GABRIELA.— ¡Ocho dÃas sin venir! JAIME.— Que me han parecido ocho siglos. Habrás recibido mis ocho cartas, a carta por siglo.
GABRIELA.— SÃ, y sólo te he contestado cuatro letras... ya ves; no tengo tiempo para nada. Con la anexión de los sobrinitos, necesito Dios y ayuda para atender a todo...
JAIME.— (con entusiasmo.) ¡Mujer extraordinaria, sublime, excelsa! GABRIELA.— Tonto, no adules, JAIME.— Déjame, déjame que te eche muchÃsimo incienso...
GABRIELA.— ¡Fastidioso! JAIME.— Dime: cuando nos casemos, ¿seguirás de reina Gobernadora en la casa de tu papá? GABRIELA.— Es natural que sÃ. ¿Cómo quieres que le deje solo? JAIME.— ¡Ah!, no... de ninguna manera... ¡Don Juan de mi alma! Pero es mucho trabajo para ti. ¿Por qué no habÃa de ayudarte tu tÃa doña Eulalia? GABRIELA.— ¡Mi tÃa! (riendo.) No la saques de sus rezos, de su labor de gancho, de sus visitas a todas las monjas y frailes que hay en tres leguas a la redonda; no la saques de dar buenos consejos y traer malas noticias, y de opinar siempre en contra de los demás. Es buenÃsima; pero al nivel de su virtud, y un poquito más arriba, pongamos su inutilidad.
JAIME.— Bueno... Pues no nos acobardemos por el exceso de trabajo... ¡Ah! ¿Sabes que voy teniendo clientela? Decididamente, me dedico a la especialidad de enfermedades nerviosas.
GABRIELA.— Pues empieza por tu hermano... ¿Sabes que no me gusta nada su aspecto? JAIME.— Pasión de ánimo. Lo que dijo mamá: soltero, y viudo inconsolable.
Créelo, tu hermanita le desquició con el dichoso monjÃo. Lo más raro es que a Daniel le ataca también ese terrible asolador del humano cerebro: el bacillus mÃstica.
GABRIELA.— ¿De veras? JAIME.— Los Franciscanos de Barcelona cuidan de inoculárselo.
GABRIELA.— ¿Qué me cuentas? JAIME.— SÃ; mañana y tarde le tienes entre frailes más o menos descalzos, platicando de cosas abstrusas y enrevesadas, cháchara espiritualista, que yo, disector de cadáveres, no he podido entender nunca.
GABRIELA.— No desatines.
JAIME.— Y a propósito de enfermos. ¿Qué tiene tu papá? GABRIELA.— (con asombro.) ¿Papá? Nada... Ah, sÃ; algo tiene... Padece insomnios, tristezas... Apenas habla... Se me figura que ha sufrido estos dÃas algún contratiempo gravÃsimo.
JAIME.— El incendio de los almacenes de Barceloneta.
GABRIELA.— No... algo más será... Presumo que pérdidas considerables en Bolsa.
Huguet, su agente y amigo, viene casi todas las tardes.
JAIME.— Hoy también.
GABRIELA.— ¿Con vosotros? JAIME.— No.
GABRIELA.— (con interés.) ¿En qué coche venÃa Huguet? JAIME.— En el de ese bárbaro... ¿Cómo se llama?... ¡Ah! Cruz, José MarÃa Cruz, que vive ahÃ, en casa de Jordana.
GABRIELA.— (recelosa.) ¿VenÃa también Cruz? JAIME.— SÃ... Sabrás que mis amigos le llaman el gorilla, porque moral y fÃsicamente nos ha parecido una transición entre el bruto y el homo sapiens.
GABRIELA.— Hombre de baja extracción, alma sórdida y cruel, facha innoble, la riqueza no le ha enseñado, como a otros, a sobredorar la groserÃa de sus modales, la vulgaridad zafia de sus pensamientos.
JAIME.— Mala persona, según dicen. ¿Y es cierto que se crió aquÃ, en tu torre? GABRIELA.— SÃ, hombre. Es hijo de un carretero que tuvimos en casa. Yo era muy niña entonces. Apenas me acuerdo.
JAIME.— ¡Qué cosas se ven! GABRIELA.— Es de esos que van cerriles a América, y luego vuelven cargados de dinero. La Providencia nos ofrece a cada instante estas ironÃas horribles.
JAIME.— La riqueza en perfecto consorcio con la barbarie.
GABRIELA.— (con vehemencia.) En fin, es hombre el tal Cruz, cuya presencia y cuya voz me atacan los nervios... Apenas cambio el saludo con él... Y el muy bruto no conoce la antipatÃa, la repugnancia que me inspira... y... vamos, ¿te lo cuento? JAIME.— (receloso.) ¿Qué? Me asustas.
GABRIELA.— Anteayer iba yo por el jardÃn... ¡Pasé un susto...! Estaba sola.
Presentóseme saliendo de unas matas, como res brava perseguida de cazadores; y al verle delante de mà quedeme fascinada, sin poder hablar. Quise dar un grito; pero no lo di, hijo, no lo di.
JAIME.— Eso es lo que no sabe ninguna mujer: gritar a tiempo.
GABRIELA.— Pues con una inclinación muy torpe de cabeza y cuerpo me saludó, y al querer ser fino y galán, parecÃa que se iba a poner a cuatro patas.
JAIME.— (con repentina cólera.) Gabriela... ¿ese animal tiene el atrevimiento increÃble de prendarse de ti? GABRIELA.— Algo de eso me dio a entender con sus gruñidos...
JAIME.— No me lo digas...
GABRIELA.— ¿Pero yo que culpa tengo...? JAIME.— (muy inquieto.) ¡Enamorado de ti! ¡Ay, qué idea me asalta, qué recelo, qué presentimiento horrible! Gabriela, ese hombre te quiere comprar. Dime, por tu vida, dÃmelo; dime que no te vendes... que no cambiarás mi honrada personalidad por la de ese alcornoque cargado de bellotas de oro...
GABRIELA.— ¿Pero estás loco? (viendo salir a Moncada.) Cállate... Mi padre...