CAPĂŤTULO XXXV. El bonete del Nuncio.
La sastrerĂa clerical fuĂ© industria muy socorrida y floreciente en el siglo pasado. HabĂa muchos clĂ©rigos, y además gran cosecha de abates, gente toda que vestĂa con primor y coqueterĂa. Los que á tal industria se dedicaban obtuvieron pingĂĽes ganancias, y esto fuĂ© causa de que se dedicaran á explotarla muchos menestrales de ambos sexos, educados al principio en la sastrerĂa profana. En el presente siglo la industria en cuestiĂłn estaba muy decaĂda, no sabemos si porque habĂa menos clĂ©rigos Ăł porque habĂa más sastres. En el quinto piso de la casa de TĂłcame Roque, situada en la calle de BelĂ©n, tenĂan su nido dos hermanas, sastras de ropas sagradas, que habĂan venido muy á menos. En sus mocedades habĂan cosido muchos manteos y sobrepellices para los canĂłnigos de Toledo y para los clĂ©rigos de la corte; pero en la Ă©poca de nuestra historia, por razones sociales que no es oportuno consignar, sĂłlo consagraban su mĂsera existencia á remendar las verdinegras hopalandas de algĂşn escolapio Ăł de algĂşn teniente cura pobre y andrajoso. HacĂan de peras á higos un bonete para un capellán de Palacio Ăł para el señor fiscal de la Rota, y nada más. Eran muy pobres, pero soportaban con paciencia la desgracia sin exhalar una queja. SĂłlo una de ellas decĂa de cuando en cuando con un suspiro, mientras revolvĂa los escasos trapos negros de su santa industria: "Ya no hay religiĂłn."
No tenĂan otro amigo que el abate don Gil Carrascosa, que, segĂşn ha llegado á nuestra noticia, tuvo en sus tiempos ciertos dimes y diretes con una de ellas. El las visitaba, les proporcionaba algĂşn trabajo y solĂa darles algĂşn rato de tertulia, contándoles las cosas de Madrid. Pero si las de Remolinos (que asĂ se llamaban) no tenĂan más que un amigo, en cambio tenĂan un enemigo implacable, sanguinario, feroz. Este enemigo era otra sastra, que vivĂa pared por medio, y que, por la natural divergencia de opiniones entre los que se dedican á una misma industria, les habĂa declarado guerra á muerte. Para martirizarla, además de sus improperios y apodos, tenĂa un gato, que creemos nacido expresamente para entrarse en el cuarto de las dos hermanas y hacer allĂ cuantas inconveniencias puede hacer el gato de un enemigo. TenĂa además la doña RosalĂa un amante del comercio, que la visitaba todas las noches, en compañĂa de una guitarra; y era este amante un ser creado de encargo por el infierno para cantar y tocar toda la noche en aquella casa y no dejar dormir á las dos sastras de ropas sagradas.
Doña RosalĂa tenĂa más trabajo que sus vecinas las de Remolinos (Ăł las Remolinas, como generalmente las llamaban), y además hacĂa cuanto puede hacer una mujer envidiosa para quitarles á sus rivales el poco que tenĂan. AconteciĂł que un paje de la Nunciatura, feligrĂ©s antiguo de doña RosalĂa, y muy admirador de su buen color, se atreviĂł á aspirar á no sabemos que honestas confianzas; picĂłse la dama, picĂłse más el paje, y al dĂa siguiente, al traer el bonete del Nuncio para que le echaran un zurcido, en vez de dárselo á doña RosalĂa se lo entregĂł á las dos hermanas.
Cuando doña RosalĂa supo que el bonete de la Nunciatura estaba en manos de sus rivales, le pareciĂł que habĂa recibido la más grande ofensa: rompiĂł relaciones con la Curia romana, dijo mil improperios al paje, encargĂł á su gato ciertas sucias comisiones cerca de las dos vecinas (comisiones que el animal cumpliĂł con gran puntualidad), se acercĂł á la puerta de las dos infelices, y les dijo mil cosas estupendas, que hicieron proferir á la más vieja de las dos en su lamentaciĂłn acostumbrada: "Ya no hay religiĂłn."
Pero RosalĂa buscaba una venganza terrible. ÂżCĂłmo? Mucho le asombrĂł ver entrar al abate con un militar desconocido. La casa estaba dispuesta de tal modo, que acercándose á la puerta se oĂa cuanto en los cuartos inmediatos se hablaba. Todos sabemos los fines de la visita de Bozmediano á las de Remolinos. Doña RosalĂa lo adivinĂł tambiĂ©n, cuando, poniĂ©ndose en acecho, le viĂł pasar á la casa inmediata por una puerta condenada que daba al desván antiguo. Se callĂł y esperĂł. ComprendiĂł la taimada que allĂ habĂa aventura amorosa, y en esto supo hallar un medio feliz para su venganza. ViĂł entrar y salir á Bozmediano, y calculando que aquella entrada fraudulenta se repetirĂa, esperĂł á que se repitiera, para ir inmediatamente, y mientras el joven estuviera dentro, á la casa contigua á denunciar el hecho. El joven serĂa sorprendido, habrĂa un gran escándalo, se harĂan averiguaciones, ella declararĂa por dĂłnde habrĂa entrado, y cátate á las Remolinas camino de la cárcel en castigo de su complicidad en aquel delito de escalamiento y abuso de confianza.
EsperĂł un dĂa, dos, tres, hasta que viendo que la escena no se repetĂa, resolviĂł en su alto criterio denunciar el hecho de una vez á la familia interesada, no sea que, retardándolo, pudiera ser puesto en duda.
Pensado y hecho. PĂşsose un mantĂłn, bajĂł, entrĂł en casa de las Porreñas, tocĂł, le abrieron, y se encarĂł con la faz majestuosa de MarĂa de la Paz JesĂşs, que de muy mal talante le preguntĂł:
—¿Qué quiere usted?
—VenĂa á ver al amo de esta casa para decirle una cosa,—dijo
RosalĂa entrando.
—¡QuĂ© irreverencia!—pensĂł MarĂa de la Paz, viĂ©ndola entrar de rondĂłn.—SalomĂ©, una luz.
AnochecĂa, y con la obscuridad no podĂa la dama ver claramente el rostro de la que la visitaba. SalomĂ© trajo un quinquĂ© á la sala, donde las dos se personaron.
—¿QuĂ© se le ofrece á usted?—preguntĂł Paz, midiendo con una mirada el cuerpo de doña RosalĂa.
—¿Quién es el amo de esta casa?
—Yo soy—dijo Paz un poco alarmada con el misterio que parecĂa envolver aquella inesperada visita.
—Pues vengo á decirla á usted … ¿usted no sabe lo que pasa?
—¿QuĂ© pasa?—dijo SalomĂ©, creyendo que se hundĂa el techo.
—No se asuste usted, señora, porque al fin y al cabo, sabiéndolo, se puede evitar que vuelva á suceder.
—¡Por Dios, explĂqueme usted, señora!—dijo Paz, en el tono de la impaciencia y la superioridad.
—Pues han de saber ustedes—dijo con misterio doña RosalĂa,—que esta casa… Pues … les dirĂ© á ustedes: yo vivo en la casa de al lado en el cuarto piso, y soy sastra, con perdĂłn de ustedes, y coso toda la ropa de casa del señor Nuncio del Papa, y la del Patriarca de las Indias; coso á todo el arzobispado de Toledo, y á veces coso á la capilla de Palacio.
Esta relaciĂłn de las altas jerarquĂas que servĂa la aguja de doña
RosalĂa, le diĂł cierta importancia á los ojos de MarĂa de la Paz JesĂşs.
—Yo vivo allá arriba y he visto… ÂżPero ustedes no han caĂdo en ello?
—¿En qué?
—En ese hombre que ha entrado aquĂ.
—¿Qué hombre? ¿qué dice?—exclamaron á una las dos ruinas en el tono del que siente estallar un volcán.
—Pues yo venĂa á avisárselo á ustedes para que evitaran que otra vez pasara. Es el caso que en la buhardilla de la casa en que yo vivo hay una puertecilla que da á la buhardilla de esta casa.
La cara que pusieron las Porreñas no cabe en ninguna descripción.
—SĂ—continuĂł la sastra—y un joven militar se metiĂł una tarde por esa puerta de que hablo; se metiĂł aquĂ… Yo me maliciĂ©, cuando le vi, que habla aquĂ alguna jovencita.
—Pero señora—dijo Paz, poniĂ©ndose en pie—¿está usted segura de lo que dice? ¡Un hombre ha entrado aquà … aquĂ, en esta casa!
—SĂ, señora: yo lo he observado. Se colĂł por el cuarto de unas vecinas … amigas mĂas. Yo lo he visto.
—¿Cuándo? preguntó Salomé tomando aliento, porque ya el aliento le faltaba.
—El domingo por la tarde.
—¿A qué hora?
—A eso de las cinco.
—¡Cuando estábamos en la procesión! ¡Qué escándalo! Esa niña desvergonzada … esa muchachuela…. Bien me lo sospechaba yo—dijo Paz, con las manos puestas en la cabeza y paseándose por la sala como una loca.
—¡Ay! no sirvo para estas cosas… ¡Yo me descompongo!—balbuciĂł SalomĂ©, inclinándose sobre el sofá con muestras de experimentar un vahĂdo.
—Pero, señoras, no se alarmen ustedes—dijo doña RosalĂa, queriendo calmar á las dos damas.—¿Tienen ustedes alguna hija?
—No, señora: nosotras no tenemos ninguna, hija—contestĂł con mucho enfado MarĂa de la Paz:—es una mozuela, una loca que admitimos aquĂ por compasiĂłn, esperando que se corrigiera; pero … ya me lo sospechaba yo. ¡QuĂ© alhaja! ÂżVes lo que yo decĂa? Dios mĂo, Âżpara quĂ© admitimos aquà á semejante mujerzuela?
—Señora—manifestĂł SalomĂ©, oprimiĂ©ndose el estĂłmago y rehaciĂ©ndose de su vahĂdo.—Cuente usted, aclare usted eso. ¡Ay! Es demasiado horrible. Nosotras no estamos acostumbradas á esas cosas, y tales hechos nos confunden; yo, sobre todo, no puedo soportar….
—Pues no lo duden ustedes. El joven se colĂł en la casa el domingo por la tarde, y estuvo aquĂ como una hora. AverĂgĂĽenlo ustedes y verán cĂłmo es cierto.
—Si parece increĂble—dijo Paz, sentándose otra vez. Esta casa, esta honrada casa … ÂżY cĂłmo existe esa puerta? ÂżCĂłmo es posible…?
—Existe de muy antiguo, sólo que estaba condenada. Si ustedes quieren verla pueden subir á la buhardilla, y examinando bien, la encontrarán.
—Pero él, ese monstruo, ¿por dónde pudo llegar?
—La tal puerta—continuĂł doña RosalĂa—da al cuarto de unas costureras amigas mĂas. Las pobrecillas no cosen más que á sacristanes y curas de aldea¡ y cosen mal. Ellas quieren darse tono, y dicen que cosen á la catedral de Segovia; pero es mentira. No las crean ustedes.
—Y él, ¿entró por ese cuarto?
—SĂ: es un militar, alto, buen mozo.
—¡JesĂşs, quĂ© horror! Yo no puedo oĂr esto—exclamĂł SalomĂ©, estirándose, con muestras de un segundo ataque. Les diĂł dinero á esas mujeres—continuĂł doña RosalĂa—porque ellas están muy pobres: no ganan nada. Como lo hacen tan mal … No cosen más que al teniente cura de San MartĂn.
—Es preciso tomar una determinaciĂłn, Paz; una determinaciĂłn pronta—dijo SalomĂ© volviendo en sĂ.—Porque si no, la honra de la casa está comprometida.—Señora—añadiĂł, volviĂ©ndose á doña RosalĂa—no extrañe usted esta congoja; no estamos acostumbradas á golpes de esta clase. Nosotras, por nuestro nacimiento, nuestra educaciĂłn y nuestra religiosidad, hemos estado siempre por encima de todas esas miserias. ¡Ay! nosotras hemos tenido la culpa por nuestra excesiva caridad. FigĂşrese usted que acogimos sin recelo á una vĂbora en nuestra casa, aunque tenĂamos malos informes de su conducta; la acogimos creyendo que se enmendarĂa. ¡Pero ya ve usted quĂ© almas tan perversas! ¡QuĂ© sociedad! ¡QuĂ© siglo! Bien me lo figuraba yo, á pesar de lo que decĂa mi sobrina, que es una santa, y se empeñaba, guiada por su buen corazĂłn, en que esa muchacha se iba á corregir. ÂżCĂłmo puede corregirse un monstruo semejante? ¡QuĂ© deshonra, quĂ© vilipendio! ¡Ay! yo no sirvo para estos casos; me confundo, me descompongo y no puedo tomar ninguna determinaciĂłn.
—SĂ, hay que tomar una determinaciĂłn—afirmĂł con mucho encono MarĂa de la Paz.—Si no, ÂżquĂ© va á ser de la honra de nuestra casa? Hay que poner inmediatamente á la puerta de la calle á esa mozuela, sin consultar á don ElĂas. El ha de aprobarlo; y sobre todo, aunque no lo apruebe. ÂżPues no se ha atrevido á decirnos esta mañana que su sobrino se enmendará? ¡Si está una viendo unos horrores! … ¡QuĂ© siglo, quĂ© costumbres! ¡Hasta Ă©l…!
—Haz lo que quieras, Paz—dijo SalomĂ©, afectando mansedumbre y cierta postraciĂłn, que ella creĂa sentaba muy bien en su nervioso cuerpo.—Haz lo que quieras, sin reparar en lo que pueda opinar ese señor mayordomo, que Ă©l nada tiene que mandar aquĂ. Despide á esa muchacha; que se vaya con las de su calaña. ¡Oh! No quiero recordar lo que esta señora ha contado.
Hasta el perro, que no ladraba; el melancĂłlico Batilo, estaba consternado. HabĂase plantado frente á doña RosalĂa, y miraba, con la atenciĂłn de un can preocupado, el buen color de la costurera que habĂa traĂdo la desolaciĂłn á aquella casa.
—Señora—dijo Paz con un poco de cortesĂa,—le agradecemos á usted el aviso que nos ha dado, mostrando, como es natural, su celo Ă© interĂ©s por la honra de nuestra casa. Cuando despidamos á esa muchacha, nos mudaremos de aquĂ. ¡Ay, y yo que le habĂa tomado cariño á este santo retiro! AquĂ vivĂamos tranquilamente y en paz, no con la comodidad que en nuestra antigua casa; pero, en fin, tranquilas y … Señora, usted nos ha librado de la deshonra, porque ÂżquĂ© hubiera sido de nosotras, solas aquĂ y expuestas á las asechanzas alevosas de ese militar? ¡Oh! no lo quiero pensar.
—Es un militar joven, alto, buen mozo, y parece ser persona muy distinguida.
—¡Joven, buen mozo y de buen porte!—dijo Salomé disponiendo su cuerpo para el tercer paroxismo.
—¡Joven, buen mozo y de buen porte!—exclamĂł Paz en el colmo de la indignaciĂłn.—¿Es esto creĂble? ¡QuĂ© circunstancias tan agravantes!
—¡No siga usted, por Dios!—dijo Salomé ya medio desmayada.
—No siga usted, que mi sobrina es muy impresionable y no puede oĂr ciertas cosas. Estamos acostumbradas….
Doña RosalĂa se levantĂł para marcharse, porque creĂa haber cumplido satisfactoriamente su misiĂłn. Entonces pasĂł una cosa singular: cuando la sastra se acercaba á la puerta, Batilo, el perro misántropo, que en aquella mansiĂłn habĂa olvidado los hábitos propios de su raza, corriĂł tras ella, se agitĂł convulsivamente como quien hace un gran esfuerzo, y ladrĂł, ladrĂł como un mastĂn ante un salteador; persiguiĂł á la mujer dando agudos aullidos, y hasta llegĂł á pillarle entre sus inofensivos dientes el traje y el mantĂłn. Paz se alarmĂł y SalomĂ© se tapĂł los oĂdos, como si oyera el aullido, de un chacal. Defendieron entre las dos á doña RosalĂa de la agresiĂłn inesperada del animal; fuese la sastra, y las dos arpĂas se miraron cara á cara, comunicándose mutuamente su respectiva bilis.
Es indispensable apuntar que en su afán de llegar pronto á donde estaba Clara, se aturdieron, sin poder tomar la puerta, y al fin chocaron una con otra con gran confusión.
—Mujer, que me echas al suelo—dijo una.
—Mujer, qué cosas tienes—gruñó la otra.
Entraron en el cuarto donde estaba acostada la devota … Esta reposaba tranquilamente, pero no dormĂa; tenĂa clavados los ojos en el techo con muestras de meditaciĂłn profunda. Sentada junto á la cama estaba Clara, que hacĂa de enfermera y acompañante de la santa. Cuando las dos Porreñas entraron, Clara les conociĂł en las caras que se preparaba una escena terrible. AsustĂłse mucho, y se acercĂł más al lecho, como buscando un refugio al lado de la sagrada persona de doña Paulita.
—¡Niña!—dijo Paz con la lengua turbada y muy alterado el rostro.—Ya sabemos todas las infamias de usted. Merece usted ir á la cárcel por comprometer la honra de una casa como ésta. Si no temiera rebajar mi dignidad….
—Señoras—murmuró Clara temblando,—¿pues yo qué he hecho?
—¿Pues yo qué hecho?—dijo, remedándola con gesto grotesco,
SalomĂ©.—Miren la hipĂłcrita, ¡quĂ© monstruo, Dios mĂo! Paula, no te
asustes—añadió, acercándose á la cama;—no nos des un nuevo disgusto.
Ya sabemos qué clase de persona hemos recibido en nuestra casa.
—Todo se ha descubierto, niña—continuó Paz—Ya no nos engañará usted más con su cara de mosquita muerta. Pero ¡qué atrevimiento, qué iniquidad! Debiera usted morirse de vergüenza.
—Señora, yo no sé de qué habla usted—dijo Clara, perdiendo por completo la serenidad.
—¡Insolente! Y aún se atreve á disimular, después de tanta desvergüenza. ¿Cree usted que está tratando con personas como usted? ¡Miren la necia! tan necia como perversa. Ahora mismo va usted á salir de esta casa.
El primer sentimiento de Clara al oĂr esto, fuĂ© una repentina alegrĂa. ¡Salir de allĂ! Ya habĂa perdido esa esperanza. Pero la situaciĂłn aquĂ©lla no era para alegrarse. Pronto lo conociĂł, y esperĂł resignada el fin de su sentencia.
—Dile, dile la causa—indicó Salomé, afectando gran respeto al procedimiento.
—La causa bien la sabe ella—dijo Paz;—pero no puedo contener la cĂłlera. De veras digo que si no fuera porque soy persona … ¡quĂ© horror! La causa es … no te asustes, Paula; la causa es que mientras nosotras salimos de casa á alguna visita, se entra aquĂ un hombre por los tejados; sĂ: un militar, buen mozo, alto, persona … ÂżcĂłmo dijo? de buen porte … pero no te asustes, Paulita: esto hay que aceptarlo con resignaciĂłn.
Si no temiera asustar á su prima, que estaba enferma, á SalomĂ© le hubiera dado un cuarto conato de vahĂdo. Pero se contentĂł con mirar á la devota con ojos muy aterrados. La santa no hizo más que mirar á Clara con cierta perplejidad; y contra lo que sus parientes esperaban, no citĂł ningĂşn texto latino, ni predicĂł ningĂşn sermĂłn sobre la inconveniencia Ă© irreligiosidad de que entraran por los tejados los militares buenos mozos, altos y de buen porte. Clara, á pesar de su inocencia, se quedĂł aterrada como una culpable.
—¿Se atreve usted á negarlo?—dijo Paz, dando algunos pasos hacia ella con el resplandor de la ira en los ojos.
—Yo … no—dijo Clara, retrocediendo con espanto.—Sà … sà lo niego.—Después añadió, haciendo un esfuerzo por calmarse y calmar á su juez:—Óigame usted, señora: yo le contaré la verdad; le diré lo que ha sido. Yo soy inocente; yo no he permitido….
—¡JesĂşs, JesĂşs! Yo no sirvo para estas cosas—clamĂł SalomĂ© volviendo el rostro.—No puedo, no puedo oĂr esto.
—¿Que usted no ha permitido…? ÂżTodavĂa tiene atrevimiento para negarlo?
—Yo … yo no niego—contestó la huérfana muy consternada.—Pero yo, ¿qué culpa tengo de que ese hombre…?
—¿TambiĂ©n le quiere usted disculpar á Ă©l? Esto nos faltaba que ver. No puede haber perdĂłn para tanta alevosĂa. ¡Pagar de este modo el asilo que le hemos dado sin merecerlo! Pero bien dije yo que de usted no podĂamos sacar cosa buena.
—Señoras—dijo Clara deshaciéndose en lágrimas,—yo les juro á ustedes por Dios y por todos los santos, que por mà no ha entrado ningún hombre; que yo no soy culpable de todo eso que ustedes dicen. Yo se lo juro por Dios y por la Virgen.
—¡Insolente! Aún se atreve á disculparse.
—En verdad, esto es más de lo que puede sufrir mi dĂ©bil constituciĂłn—dijo la otra arpĂa.—Paulita, no te asustes: procura tomar esto con indiferencia, que puedes agravarte.
—¡Dios mĂo! ÂżCĂłmo lo he de decir?—exclamĂł Clara con la mayor amargura.—¿QuĂ© harĂ©, quĂ© dirĂ© para que me crean? ÂżA quiĂ©n me volverĂ©? Yo no quiero vivir asĂ. No tengo padres, ni hermanos, ni amigos, ni nadie que me defienda y me proteja. Señora, yo se lo juro á usted. No me diga otra vez esas cosas que me ha dicho, porque yo no las merezco.
—Vamos, prepárese usted á marcharse al momento—dijo Paz con crueldad espantosa.
—¡Marcharme! SĂ, me marcharĂ©. Yo no quiero molestarlas á ustedes; pero ¡ay! esas cosas que han dicho de mĂ… Yo no he deshonrado la casa, yo no he deshonrado á nadie. Pero yo soy muy desgraciada; soy huĂ©rfana, pobre y sola; y como no tengo á nadie que me proteja, por eso nadie me guarda consideraciĂłn y todos me tratan con desprecio. Yo no merezco eso; yo no he hecho nada de eso que usted dice; yo soy inocente.
—No sĂ© cĂłmo me contengo—dijo Paz.—Ni un instante más. Se marcha usted de aquĂ, y vaya donde quiera. Yo sĂ© que usted se alegra. Usted no desea otra cosa que andar sola por esas calles; usted ha nacido para la calle. Vamos, pronto. Y nada me importa que don ElĂas se oponga Ăł no. Lo aprobará. El sabe que interesarse por tan despreciable criatura es cosa inĂştil. Váyase usted pronto.
—Señora—dijo Clara, poniĂ©ndose de rodillas junto al lecho y estrechándole las manos á la devota. Señora, usted me defenderá; usted que es tan buena, que es una santa; usted que ya me defendiĂł otra vez. ÂżNo es verdad que usted sabe que yo soy inocente? DĂgalo usted: me están calumniando. ÂżQuĂ© va á ser de mĂ si usted no me defiende?
La devota no habĂa hablado palabra: continuaba como distraĂda y ajena á todo aquello. Cuando sintiĂł las manos de la que habĂa sido, aunque por poco tiempo, su compañera y amiga, volviĂł hacia ella la cara cubierta de palidez, y expresando cierta atonĂa, la mirĂł, y con voz tenue y como indiferente, dijo: "ÂżYo?" CallĂł en seguida. SalomĂ© separĂł á Clara con un ademán desdeñoso del lecho de su prima, diciendo:
—Nuestra paciencia nos va á perder. Cuidado, Paz, que somos demasiado condescendientes. ÂżCĂłmo es que está todavĂa aquĂ esta mujer?
—Al momento á la calle. Vamos, pronto—dijo Paz. Recoja usted sus bártulos, y al momento. Haga usted un lĂo de su ropa.
—Señora, por Dios, no me eche usted asĂ—dijo Clara, poniĂ©ndose de rodillas y cruzando las manos.—A estas horas … sola … yo no conozco á nadie … ÂżQuĂ© va á ser de mĂ? ÂżA dĂłnde voy? Espere usted, por la Virgen SantĂsima, á que venga don ElĂas, que, siendo huĂ©rfana, me recogió…. El no me abandonará de este modo … Estoy segura.
—Nada, nada. ¿Aun espera usted engañarle otra vez? Salga usted al momento de nuestra casa.
—Pero, señoras—continuó Clara,—¿adonde voy? Sola, de noche … yo tengo miedo … yo tengo mucho miedo … yo no conozco á nadie….
—¿Que no conoce á nadie? ¿Y tiene valor para decir…?—exclamó Salomé, apartando el rostro y persignándose con sus afilados dedos.—¿Pues y el caballero joven, alto, buen mozo?
—Señora, espere usted, por Dios, á que venga mi protector: yo se lo ruego por la gloria de su madre.
La idea de que viniera Coletilla é impidiera la expulsión de la huérfana, puso á Salomé en grave peligro de que le diera el quinto ataque.
—¡QuĂ© agonĂa!—dijo sentándose.—Francamente, nuestra excesiva benevolencia nos trae á estos extremos.
—No tarde usted un instante—dijo Paz con la satisfacción de la venganza.—Márchese usted inmediatamente.
La desventurada huérfana se dirigió otra vez, como última esperanza, á la santa, que reposaba en su lecho con la inmovilidad y la pesadez de la estatua yacente de un sepulcro. Clara tomó una de sus manos que colgaba fuera de las ropas y la besó con efusión, regándola con sus lágrimas; llanto de la inocencia provocado por la crueldad de aquellos verdugos.
—Señora, otra vez se lo pido—exclamó con voz apenas inteligible;—no me abandone usted, usted es una santa. No permita que me echen asà … á estas horas … yo tengo miedo. No me abandone usted.
La mujer mĂstica retirĂł lentamente su mano y la escondiĂł entre las sábanas. VolviĂł el rostro, mirĂł á la vĂctima, y sin inmutarse, dijo con la misma voz helada: "ÂżYo?"
—No se puede resistir tal insolencia—afirmó Paz asiendo á Clara por un brazo y apartándolo violentamente de la cama.
—Si usted no se marcha ahora mismo de aquĂ, llamo á un alguacil para que le haga entender sus deberes.—Ya SalomĂ© se habĂa acercado á la cĂłmoda donde Clara guardaba su escaso ajuar, y recogĂa todo formando un lĂo.
—No tengas cuidado, Paz—decĂa entre tanto;—yo estoy registrando su ropa, no sea que se lleve alguna cosa. No se lleva nada.
—¡Señoras de mi alma!—dijo Clara en el colmo de la desesperaciĂłn.—No me echen asĂ: yo no he cometido falta ninguna; yo no he hecho lo que ustedes dicen; yo soy inocente. Que lo diga esa señora que es una santa y me conoce. Yo estoy segura de que lo dirá.
La devota volvió á moverse, y con la voz que atribuyen á los espectros evocados, repitió otra vez: "¿Yo?".
—No me echen ustedes—continuó Clara sin saber ya á quien suplicar.—Yo no lo merezco. ¿A dónde puedo ir á estas horas sola? No conozco á nadie. Tengo miedo … me voy á perder.
—Vamos, aquĂ tiene usted su ropa—dijo SalomĂ© poniĂ©ndole el lĂo en la mano.
—No, no lo puedo creer. Ustedes no serán tan inhumanas. Esperarán á mañana; esperarán á que venga él.
—Ha dicho que no vendrá hasta dentro de tres dĂas. ÂżCree usted que Ă©l no se ocupa de otra cosa que de proteger mozuelas como usted?
Diciendo esto, Paz tomaba por un brazo á Clara y la llevaba con grande esfuerzo hacia la puerta. La pobre huĂ©rfana tenĂa sin duda mucha fuerza de espĂritu cuando no cayĂł allĂ mismo sin sentido; y sin duda era tambiĂ©n harto angelical y delicada, cuando no contestĂł con injurias á las injurias de la cumĂ©nide aristocrática, baldĂłn de los Porreños. Aun creĂa la infeliz que sus ruegos podĂan ablandar á aquellos dos energĂşmenos de corazĂłn empedernido por el hastĂo, la insociabilidad y la amargura de una vida claustral. Aun les suplicĂł: otra vez se volviĂł á arrodillar delante de MarĂa de la Paz, y le tomĂł las manos, aquellas manos nacidas sin duda para un puñal. La vieja la retirĂł con violencia; su brazo se alzĂł; y á pesar de la dignidad que procuraba imprimir siempre á su carácter, á pesar de la nobleza de su raza, á que parecĂa deber igualarse en la nobleza de sus sentimientos, maltratĂł á una huĂ©rfana infeliz á quien antes habĂa calumniado. La vieja ridĂcula, presuntuosa, devota, expresiĂłn humana de la mayor necedad que pueda unirse al mayor orgullo, puso su mano en el rostro de la doncella abandonada y dĂ©bil, que ofendĂa sin duda, con su juventud y su sencillez el amor propio de aquellos demonios de impertinencia.
—¡Ay, ay, ay! Paz, por Dios, no te arriesgues—dijo Salomé chillando con horror, como si la inofensiva Clara tuviera un puñal en la mano.—Déjala, déjala.
—¡La matarĂa!—dijo Paz apretando los puños y ahogada por la cĂłlera.
SalomĂ© puso sobre los hombros de Clara el mantĂłn, que al entrar en la casa habĂa traĂdo. DespuĂ©s extendiĂł sus brazos de esqueleto y la empujĂł hacia la puerta con tal violencia, que la desdichada huĂ©rfana estuvo á punto de caer al suelo. En tanto decĂa:
—No sirvo para estas cosas. Me descompongo. Váyase usted pronto, niña.
No dé lugar á que la tratemos con rigor.
Clara saliĂł; fuĂ© arrojada por los brazos robustos de la vieja Paz, y por los brazos entecos y nerviosos de la vieja SalomĂ©. AĂşn es probable que Ă©sta, al darle el Ăşltimo empuje, crispĂł sus dedos de gavilán, haciendo presa con sus uñas en un brazo de la vĂctima. La puerta se cerrĂł con gran estrĂ©pito, y las voces destempladas de los dos demonios sonaron por mucho tiempo en el interior. La huĂ©rfana bajĂł con el corazĂłn oprimido; no tenĂa fuerzas ni voz; casi no tenĂa conocimiento claro de su situaciĂłn. BajĂł y se encontrĂł en la calle; sola en la calle, sola en el mundo, sin asilo, el cielo encima, desolaciĂłn en derredor, ni un rostro conocido, ÂżA dĂłnde iba? En el portal sintiĂł ruido y volviĂł la cara: era el perro melancĂłlico que la seguĂa. El pobre animal habĂa salido de la casa por primera vez, y parecĂa decidido á no volver á entrar, pues saltaba y chillaba con un gozo, una travesura y un aire de expansiĂłn desconocidos en Ă©l.