XV
—Hoy voy a beber mucho—me dijo el inglĂ©s—. Si Dios no hubiese hecho a Jerez, ¡cuán imperfecta serĂa su obra! ÂżEn quĂ© dĂa lo hizo? Yo creo que debiĂł de ser en el sĂ©timo, antes del descanso, pues ÂżcĂłmo habĂa de descansar tranquilo si antes no rematara su obra?
—Asà debió de ser.
—No; me parece que fue en el cĂ©lebre dĂa, cuando dijo: «Hágase la luz»; porque esto es luz, amigo mĂo, y quien dice la luz, dice el entendimiento.
—Señó miloro—dijo Poenco acercándose a mi amigo para hablarle con oficioso sigilo—; MarĂa de las Nieves está ya loquita por vucencia. Se hizo todo, y ya tiene su pañolĂłn, sus zarcillos y su basquiña. Si no hay nada que resista a ese jociquito rubio; y como vucencia siga aquĂ, nos vamos a quedar sin donceyas.
—Poenco—dijo lord Gray—dĂ©jame en paz con tus doncellas, y lárgate de aquĂ, si no quieres que te rompa una botella en la cara.
—Pues najencia, me voy. No se enfade mi niño. Yo soy hombre discreto. Pero sabe vucencia que ofrecĂ dos duros a la tĂa Higadillos que llevĂł el pañolĂłn... cĂ©tera; cĂ©tera.
Lord Gray sacó dos duros y los tiró al suelo sin mirar al tabernero, quien tomándolos, tuvo a bien dejarnos solos.
—Amigo—me dijo el inglĂ©s—ya no me queda nada por ver en las negras profundidades del vicio. Todo lo que se ve allá abajo es repugnante. Lo Ăşnico que vale algo es este vivĂfico licor, que no engaña jamás, como proceda de buenas cepas. Su generoso fuego, encendiendo llamas de inteligencia en nuestra mente, nos sutiliza, elevándonos sobre la vulgar superficie en que vivimos.
Lord Gray bebĂa con arte y elegancia, idealizando el vicio como Anacreonte. Yo bebĂa tambiĂ©n, inducido por Ă©l, y por primera vez en la vida, sentĂa aquel afán de adormecimiento, de olvido, de modificaciĂłn en las ideas, que impulsa en sus incontinencias a los buenos bebedores ingleses.
ResonĂł un cañonazo en el fondo de la bahĂa.
—Los franceses arrecian el bombardeo—dije asomándome al ventanillo.
—Y al son de esta música los clérigos y los abogados de las Cortes se ocupan en demoler a España para levantar otra nueva. Están borrachos.
—Me parece que los borrachos son otros, milord.
—Quieren que haya igualdad. Muy bien. Lombrijón y Vejarruco serán ministros.
—Si viene la igualdad y se acaba la religión, ¿quién le impedirá a usted casarse con una española?—dije regresando junto a la mesa.
—Yo quiero que me lo impidan.
—¿Para qué?
—Para arrancarla de las garras que la sujetan; para romper las barreras que la religiĂłn y la nacionalidad ponen entre ella y yo; para reĂrme en las barbas de doce obispos y de cien nobles finchados, y derribar a puntapiĂ©s ocho conventos, y hacer burla de la gloriosa historia de diez y siete siglos, y restablecer el estado primitivo.
DecĂa esto en plena efervescencia, y no pude menos de reĂrme de Ă©l.
—Hermoso paĂs es España—continuó—. Esa canalla de las Cortes lo va a echar a perder. HuĂ de Inglaterra para que mis paisanos no me rompieran los oĂdos con sus chillidos en el Parlamento, con sus pregones del precio del algodĂłn y de la harina, y aquĂ encontrĂ© las mayores delicias, porque no hay fábricas, ni fabricantes panzudos, sino graciosos majos; ni polizontes estirados, sino chusquĂsimos ladrones y contrabandistas; porque no habĂa boxeadores, sino toreros; porque no hay generales de academia, sino guerrilleros; porque no hay fondas, sino conventos llenos de poesĂa; y en vez de lores secos y amojamados por la etiqueta, estos nobles que van a las tabernas a emborracharse con las majas; y en vez de filĂłsofos pedantes, frailes pacĂficos que no hacen nada; y en vez de amarga cerveza, vino que es fuego y luz, y sobrenatural espĂritu...
»¡Oh, amigo! Yo debĂ nacer en España. Si yo hubiese nacido bajo este sol, habrĂa sido guerrillero hoy y mendigo mañana, y fraile al amanecer y torero por la tarde, y majo y sacristán de conventos de monjas, abate y petimetre contrabandista y salteador de caminos... España es el paĂs de la naturaleza desnuda, de las pasiones exageradas, de los sentimientos enĂ©rgicos, del bien y el mal sueltos y libres, de los privilegios que traen las luchas, de la guerra continua, del nunca descansar... Amo todas esas fortalezas que ha ido levantando la historia, para tener yo el placer de escalarlas; amo los caracteres tenaces y testarudos para contrariarlos; amo los peligros para acometerlos; amo lo imposible para reĂrme de la lĂłgica, facilitándolo; amo todo lo que es inaccesible y abrupto en el orden moral, para vencerlo; amo las tempestades todas para lanzarme en ellas, impelido por la curiosidad de ver si salgo sano y salvo de sus mortĂferos remolinos; gusto de que me digan «de aquĂ no pasarás», para contestar «pasaré».
Yo sentĂa inusitado ardor en mi cabeza, y la sangre se me inflamaba dentro de las venas. Oyendo a lord Gray, sentime inclinado a abatir su estupendo orgullo, y con altanerĂa le dije:
—Pues no, no pasará usted.
—¡Pues pasaré!-me contestó.
—Yo amo lo recto, lo justo, lo verdadero, y detesto los locos absurdos y las intenciones soberbias. Allà donde veo un orgulloso, le humillo; allà donde veo un ladrón, le mato; allà donde veo un intruso, le arrojo fuera.
—Amigo—me dijo el inglĂ©s—me parece que a usted se le van los humos de la manzanilla a la cabeza. Yo le digo como LombrijĂłn a Vejarruco: «CamaraĂta, Âżeso que ha dicho es conmigo?».
—Con usted.
—¿No somos amigos?
—No: no somos ni podemos ser amigos—exclamé con la exaltación de la embriaguez—. ¡Lord Gray, le odio a usted!
—Otro traguito—dijo el inglĂ©s con socarronerĂa—. Hoy está usted bravo. Antes de beber, hablĂł de matar a un hombre.
—SĂ, sĂ... Y ese hombre es usted.
—¿Por qué he de morir, amigo?
—Porque quiero, lord Gray; ahora mismo. Elija usted sitio y armas.
—¿Armas? Un vaso de Pero Jiménez.
Me levantĂ© fuera de mĂ, y asĂ una silla con resoluciĂłn hostil; pero lord Gray permaneciĂł tan impasible, tan indiferente a mi cĂłlera, y al mismo tiempo tan sereno y risueño, que sentime sin brĂos para descargarle el golpe.
—Despacio. Nos batiremos luego—dijo rompiendo a reĂr con expansiva jovialidad—. Ahora voy a declarar la causa de ese repentino enfado y anhelo de matarme. ¡Pobrecito de mĂ!
—¿Cuál es?
—Cuestión de faldas. Una supuesta rivalidad, Sr. D. Gabriel.
—DĂgalo usted todo de una vez—exclamĂ© sintiendo que se redoblaba mi coraje.
—Usted está celoso y ofendido, porque supone que le he quitado su dama.
No le contesté.
—Pues no hay nada de eso, amigo mĂo.-añadió—. Respire usted tranquilo las auras del amor. Me parece haberle oĂdo decir a Poenco que usted anda a caza de esa Mariquilla, que no de las Nieves, sino de los Fuegos deberĂa llamarse. A usted le han dicho que yo... pues, dirĂ© como Poenco... «cĂ©tera, cĂ©tera». Amigo mĂo, cierto es que me gustaba esa muchacha; pero basta que un camaraĂya haya puesto los ojos en ella para que yo no intente seguir adelante. Esto se llama generosidad; no es el primer caso que se encuentra en mi vida. En celebraciĂłn de paz, acabemos esta botella.
Al frenesĂ que antes habĂa yo sentido sucediĂł un entorpecimiento y oscuridad tal de mis facultades intelectuales, que no supe quĂ© responder a lord Gray, ni realmente le respondĂ nada.
—Pero, amigo mĂo—prosiguiĂł Ă©l, menos afectado que yo por la bebida—hemos sabido que a Mariquilla de las Nieves la corteja... ¡cortejar!, hermosa palabra que no tiene igual en ningĂşn idioma... pues decĂa que la corteja un guapo de Jerez que se me figura es más afortunado que nosotros. Sin duda a ese es a quien usted quiere matar.
—¡A ese, a ese!—dije sintiendo que se me despejaban un tanto los aposentos altos.
—Cuente usted conmigo. Currito Báez, que asà se llama el jerezano, es un necio presumido y matasiete, que con todo el mundo arma camorra. Deseo tener cuestión con él. Le provocaremos.
—¡Le provocaremos, sĂ, señor; le provocaremos!
—Le mataremos delante de toda la gente del bronce, para que vean cĂłmo sucumbe un tonto a manos de un caballero... Pero no sabĂa que estuviera usted enamorado. ÂżDesde cuándo?
—Desde hace mucho, mucho tiempo—respondĂ viendo cĂłmo daba vueltas la habitaciĂłn delante de mis ojos—. Éramos niños; ella y yo estábamos abandonados y solos en el mundo. La desgracia nos impeliĂł a compadecernos, y compadeciĂ©ndonos, sin saber cĂłmo, nos amamos. Padecimos juntos grandes desventuras, y fiando en Dios y en nuestro amor vencimos inmensos peligros. LleguĂ© a considerarla como indisolublemente unida a mĂ por superior destino, y mi corazĂłn fortalecido por una fe sin lĂmites, no padeciĂł en mucho tiempo los martirios de celos, desconfianzas, temores ni amorosos sobresaltos.
—Hombre: eso es extraordinario. ¡Y todo por MarĂa de las Nieves!...
—Pero todo se acabĂł, amigo mĂo. El mundo se me ha caĂdo encima. ÂżNo lo ve usted, no lo ve usted caer a pedazos sobre mi cabeza? ÂżNo ve usted estas montañas que me machacan los sesos? Mi cerebro hecho trizas salta en piltrafas mil y salpicando se esparce por las paredes... aquĂ... allĂ... más allá. ÂżNo lo ve usted?
—Ya lo veo...-repuso lord Gray, rematando una botella.
—El mundo se me cayĂł encima. Se apagĂł el sol... ÂżNo lo ve usted, hombre; no advierte las horribles tinieblas que nos rodean? Todo se oscureciĂł, cielo y tierra, y el sol y la luna cayeron, como ascuas de un cigarro... Ella y yo nos separamos: leguas y más leguas, dĂas y dĂas y más dĂas se pusieron entre nosotros; yo alargaba los brazos ansiando tocarla con mis manos; pero mis manos no tocaban sino el vacĂo. Ella subiĂł y yo me quedĂ© donde estaba. Yo miraba y no veĂa nada... estaba escondida: ÂżdĂłnde?, dirá usted... dentro de mi cerebro. Yo me metĂa las manos en la cabeza y escarbaba allĂ dentro; pero no la podĂa coger. Era una burbuja, una partĂcula, un átomo bullicioso y movible que me atormentaba en sueños y despierto. Quise olvidarla y no pude. De noche cruzaba los brazos y decĂa: «aquĂ la tengo; nadie me la quitará...». Cuando me dijeron que me habĂa olvidado, no lo querĂa creer. SalĂ a la calle y todo el mundo se reĂa de mĂ. ¡Espantosa noche! EscupĂ al cielo y lo dejĂ© negro... Me metĂ la mano en el pecho, saquĂ© el corazĂłn, lo estrujĂ© como una naranja y se lo arrojĂ© a los perros.
—¡Qué inmenso e ideal amor!-exclamó lord Gray—. Y todo eso por Mariquilla de las Nieves... Beba usted esa copa.
—Supe que amaba a otro—añadĂ sintiendo que mi cerebro despedĂa una lumbre vagorosa y desparramada, llama de alcohol que trazaba mil figuras en el espacio con sus lenguas azules—. Amaba a otro. Una noche se me apareciĂł. Iba de brazo con su nuevo amante. Pasaron por delante de mĂ y no me miraron. Yo me levantĂ© y tomando la espada, herĂ en el vacĂo, y en el vacĂo surgiĂł un manantial de sangre. La vi que se llegaba hacia mĂ pidiĂ©ndome perdĂłn. La manga de su vestido tocĂł mi rostro, y me quemĂł. ÂżVe usted la quemadura, la ve usted?
—SĂ, la veo, la veo. ¡Y todo por MarĂa de las Nieves!... Hombre es gracioso. A ver a quĂ© sabe este Montilla.
—Yo quiero matar a ese hombre, o que Ă©l me mate a mĂ.
—No, a él, a él. ¡Pobre Currito Báez!
—Le matarĂ©, le matarĂ©, sĂ—exclamaba yo con furor, poniendo mi puño cerrado en el pecho de lord Gray—. ÂżNo siente usted cĂłmo baila el mundo bajo nuestros pies? El mar entra por esa ventana. AhoguĂ©monos juntos y todo se concluirá.
—¿Ahogarme? No—dijo el inglés—. Yo también amo.
A pesar de mi lastimoso estado intelectual prestĂ© atenciĂłn vivĂsima a sus palabras.
—Yo tambiĂ©n amo—prosiguió—. Mi amor es secreto, misterioso y oculto, como las perlas, que además de estar dentro de una concha están en el fondo del mar. No tengo celos de nadie, porque su corazĂłn es todo mĂo. No tengo celos más que de la publicidad; odio de muerte a todo el que descubra y propale mi secreto. Antes me arrancarĂ© la lengua que pronunciar su nombre delante de otra persona. Su nombre, su casa, su familia, todo es misterioso. Yo me deslizo en la oscuridad, en oscuridad profunda que no proyecte sobra alguna, y abro mis brazos para recibirla, y los oscuros cuerpos se confunden en el negro espacio. Bullen átomos de luz, como estos que ahora nos rodean, y en las puntas de nuestros cabellos palpita con galvánica fuerza, embriagadora sensibilidad. ÂżNo percibe usted estas ondas que vienen del cielo, no siente usted cĂłmo se abre la tierra y despide cien mil vidas nuevas, creadas en esta corola donde estamos, y en cuyos bordes nos movemos a impulso de la suave y embalsamada brisa?
—¡SĂ, lo veo, lo veo!-respondĂ llevando el vaso a mis labios.
—Amigo mĂo, Dios hizo perfectamente al amasar este barro del mundo. HabrĂa sido lástima que no lo hiciera. La materia vivificada por el amor es sin duda lo mejor que existe despuĂ©s del espĂritu. Yo adoro el universo lleno de luz, pintado con lindos colores, sombreado por amorosas opacidades que cubren el discreto amor; yo adoro la naturaleza que todo lo hizo hermoso, y detesto a los hombres corruptores del elemento donde habitan, como ensucian los sapos la laguna. Mi alma se arroja fuera de este lodazal y busca los aires puros; huye de las infectas madrigueras de la civilizaciĂłn, abiertas en fango pestilente y se baña en los rayos de oro que cruzan los espacios.
»Olvidaba decir a usted que para hacer más encantadora mi aventura, la historia, es decir, diez y siete siglos de guerras, de tratados de privilegios, de tiranĂa, de fanatismo religioso, se oponen a que sea mĂa. Necesito demoler las torres del orgullo, abatir los alcázares del fanatismo, burlarme de la fatuidad de cien familias que cifran su orgullo en descender de un rey asesino, D. Enrique II, y de una reina liviana, doña Urraca de Castilla; apalear cien frailes, azotar cien dueñas, profanar la casa llena de pintarreados blasones, y hasta el mismo templo lleno de sepulcros, si la refugian en Ă©l.
—¿La va usted a robar, milord?-pregunté en un instante de rápida lucidez.
—SĂ; la robarĂ© y me la llevarĂ© a Malta, donde tengo un palacio. He pedido un barco a Inglaterra.
SentĂ sĂşbito estremecimiento, como si mi conturbada naturaleza hiciera un esfuerzo colosal para recobrar su perdido aliento.
—Lord Gray—dije—somos amigos. Soy discreto. Yo le ayudaré a usted en esa empresa, que no será fácil por desgracia.
—No lo será... veremos—repuso exaltado después de beber con ardiente anhelo—. Yo le ayudaré a usted a matar a Currito Báez.
—SĂ, le matarĂ©; asĂ tuviera mil vidas. Pero permĂtame usted que le pague su auxilio, ofreciĂ©ndole el mĂo para robar a esa mujer, y burlarnos de diez y siete siglos de guerras, de tratados, de privilegios, de fanatismo, de religiĂłn, de tiranĂa.
—Bien, amigo Gabriel; venga esa mano. ¡Viva lo imposible! El placer de acometerlo es el único placer real.
—Yo quisiera estar en los secretos de usted, milord.
—Lo estará usted.
—Yo mataré a mi hombre.
—Y pronto. Venga esa mano.
—Ahà va.
—Ahora bajemos—dijo lord Gray en el apogeo de su delirio.
—¿A dónde?
—Al mundo.
—El mundo se ha hecho pedazos, no existe—dije yo.
—Lo compondremos. Una vez se me rompiĂł en mil pedazos un vaso etrusco que comprĂ© en Nápoles. Yo recogĂ los trozos uno a uno y los peguĂ© perfectamente... ¡Oh, amada mĂa! ÂżDĂłnde estás que no te veo? Este perfume de flores, esta mĂşsica me anuncian que no estás lejos. Sr. de Araceli, Âżno la oye usted?
—SĂ, una mĂşsica encantadora—respondĂ, y era verdad que creĂ oĂrla.
—Ella viene envuelta en la nube que la rodea. ¿No advierte usted la deslumbradora claridad que entra en la pieza?
—SĂ, la veo.
—Mi amada viene, Sr. de Araceli; ya entra; aquà está.
MirĂ© a la puerta y la vi; era ella misma, rodeada de una luz dorada y pálida como la manzanilla y el Jerez que habĂamos bebido. Quise levantarme; pero mi cuerpo se hizo de plomo, mi cabeza pesĂł más que una montaña y cayĂł entre mis brazos sobre la mesa, perdiendo de sĂşbito toda nociĂłn de existencia.